RODANDO POR LOS JARDINES. Capítulo II. Bicicletas desde la ventanilla del ferrocarril

Rainy train journey (7)

El ferrocarril que nos lleva a Londres suena a locomotora vieja. Inés dijo que era la forma más rápida de viajar desde Gatwick a la ciudad. Siento que pasea mi alma con la cadencia de un ritmo pausado. Por la ventanilla veo casas de ladrillos humedecidos y ventanas palilleras. En sus jardines pequeños, cercados por arbustos, crecen ciclámenes, camelias y rododendros que brillan bajo la lluvia. Paralelo a las vías, entre campos, serpentea un sendero que imagino en Mayo cuajado de amapolas. Adelantamos a una pareja que pedalea sobre el barro. Se cubren con impermeables y botas que sobrepasan sus rodillas. Divago sobre los olores que encontrarán a su paso,  tierra mojada y  hierba fresca, y ese sudor enfriado que acompañará las bajadas. Me hace pensar en las tardes de remotos veranos,  cuando provista de una cantimplora  me llegaba con mis hijas hasta la playa. Siempre me gustó pasear en bicicleta. Tiene mucho de vida fresca.

– Hija, ¿te pasa algo? -pregunta mi madre.
– No -me sorprendo de mi propia voz, que ha sonado como el hielo.

Ella mueve la cabeza de un lado a otro. Es el movimiento que suele utilizar cuando se siente herida. No parece un gesto voluntario, es leve y continuado. No sé si ella es consciente de él.  A veces añade alguna fórmula del tipo: No, no… si ya sé que soy el último mono, que no soy nadie en quien confiar. Hoy no ha dicho nada.

Pienso que tal vez he sido un poco brusca e intento rectificar.
– Miraba el paisaje, ¿sabes? -digo.

No parece convencida. Al fin y al cabo tiene su razón. Me pasa algo, claro que me pasa y ella lo sabe. Aparte del novio de Inés, hay muchas cosas que me agitan. Desde que me separé, hace dos años, arrastro un peso impreciso y terrible de un lado para otro. Allí lo encuentro, agazapado siempre. La adolescencia de mis hijas, nuestras conversaciones que parecen diálogos para sordos, el carácter impenetrable de Mónica, la ancianidad de mis padres, su vulnerabilidad, las ideas locas de Inés, mi sustento, mi orgullo herido, mi irritabilidad, la sensación de que no soy yo, de que me estoy volviendo loca, de que ni yo misma me entiendo.

¿Qué sabe mi madre de mí? Unas veces, creo que aún soy para ella la hija de siete años que llora. ¿Por qué? Por cualquier cosa. Porque se ha golpeado con una esquina o porque a su muñeca, Paca, se le ha desprendido la cabeza. Y escucha una frase que alivia: “sana, sana, cura esta manzana”. Otras, creo que me ve como la hija que ha hecho un matrimonio próspero o como la hija que ha tenido la desgracia de haber sido abandonada. La historia de siempre, resumiría ella si se atreviera a hablar de ello, hombre maduro deja a su esposa de siempre por hembra joven.

Mi madre prefiere no hablar de las cosas que duelen.  Aún me mira como si en su mano estuviera la solución de mi vida. Otras veces descubro en el fondo de su mirada una especie de extrañamiento, de indefensión. Parece temer que un día no muy lejano vaya a abandonarla a su suerte de anciana. Resulta que soy una mujer adulta que llevo mi vida como puedo. En alguna ocasión hace un pequeño comentario al respecto. Sí, hija, sí. Haces muy bien en intentar divertirte. Le asusta mi soledad. ¿Por qué insiste tanto? Al fin y al cabo la que está sola soy yo. No entiende que los hombres ahora me dan pereza, una pereza infinita, escucharlos, admirarlos. Un poco de recelo también. Tal vez haga suyo mi desamparo.

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Acerca de Aurora Villalba

Nacida en Barcelona en 1961, es licenciada en Psicología Clínica por la Universidad de Barcelona. Se especializa en la aplicación de técnicas cognitivo-conductuales en la Unidad de Terapia de Conducta de la UB. Participa en la elaboración de algunas tesis relacionadas con la aplicación de dichas técnicas a grandes obesos y al miedo de hablar en público. Publica varios artículos sobre trastornos de alimentación en revistas de psicología: Ansiedad y obesidad, Bulimia, una enfermedad de hoy. Durante toda su vida procura dar espacio a sus dos grandes pasiones: baile y literatura. Se forma en las disciplinas de jazz, danza española y ballet clásico en la Escuela de Danza Coco Comin. Aunque su afición por la escritura se remite a la adolescencia, es a partir del 2008 cuando empieza a dedicarse plenamente a ella. Tras estudiar diversos cursos de narrativa, cuento y novela en el Ateneu Barcelonès, escribe su primer relato, "Rodando por los jardines", con el que obtiene el segundo premio de “Relatos de Mujeres 2012”. Con su segundo cuento, "El viaje" (editorial Círculo Rojo, 2014), gana el primer premio “Palabra sobre palabra” y su libro de cuentos "Esa vida que pesa" es galardonado con el primer premio del XXXV certamen literario Carta Puebla 2013. Sus primeras obras son cuentos adscritos al género de narrativa de ficción contemporánea. De un realismo muy intimista, sus historias hablan sobre personajes que luchan por amar, avanzar y sobrellevar sus destinos. Actualmente, está trabajando en su primera novela.
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