RODANDO POR LOS JARDINES. Capítulo IV. La maleta de Mónica.

maleta

Hoy es sábado. Harrods está lleno de gente que habla en susurros. Entre los huecos que dejan las personas se atisban los mostradores repletos de cosas para comprar. “Desde una aguja a un elefante”, reza el cartel que tengo delante. Mi madre se agarra a mi brazo. Dice que tiene miedo de perderse.
– Si me pierdo, no podré pedir ayuda a  nadie porque nadie me entenderá -comenta.

Cada vez me coge más fuerte. Comemos bajo el techo abovedado de  Famus Deli, un pequeño espacio situado en la zona de alimentación de la planta baja. Rodeadas de azulejos, engullimos salmón ahumado con pan de centeno. Pedimos la cuenta.  Mi madre entrega su tarjeta, le ha costado encontrarla, su bolso está muy lleno y sus movimientos son cada vez más lentos. Además, lo de la tarjeta para ella es una novedad, mi padre la ha acostumbrado a funcionar en efectivo. Mis hijas hablan de visitar la relojería y la zona de mascotas y de bolsos y de firmas caras.
El camarero se acerca. Deposita sobre la mesa una bandeja de plata con  la tarjeta.
– Está caducada -dice.
Mi madre se enciende, incluso le brillan los ojos, y el movimiento de su cabeza es más exagerado que nunca. No atina con la respuesta. Mis hijas preguntan una y otra vez con qué vamos a pagar la estancia y los restaurantes y  los modelos de primavera que ya están en los escaparates y, sobre todo, cómo vamos a pagar los abrigos de pelos del mercadillo de Candem.
– No pasa nada -las tranquilizo. Busco en mi bolso mi visa y la entrego. Funciona correctamente.
Les digo que no hay problema. Que para cuatro días que vamos a estar en Londres, con mi tarjeta tenemos más que suficiente. Además es cierto. Los gastos fuertes: el avión, el hotel y los dos espectáculos a los que pensamos acudir, se han pagado de antemano.
Me miran recelosas. Mi crédito es escueto, acostumbra a estar hecho polvo y ellas lo saben. Es un crédito que con muchas dificultades llega a fin de mes. Un crédito de mujer sola, de ingresos exiguos, de utilizar solo para lo imprescindible, de dejar para el mes próximo la compra de unos zapatos o el pago de una reparación, un crédito, en definitiva,  que ni ellas ni yo, hasta hace apenas dos años, ni tan solo intuíamos  que pudiera llegar a ser el nuestro.
– Además -añado para convencerlas- cuando lleguemos a casa, el abuelo me lo repondrá.
– Sí, sí -asevera mi madre.
Parecen convencidas.
– Los abrigos de pelos, seguro que nos los comprarás ¿no?

Al llegar a nuestra habitación, con gran esfuerzo, he conseguido deshacer el equipaje. Me he desmaquillado y, antes de darme una ducha, mientras Mónica ocupaba el baño, me he tumbado un rato sobre la cama. Tengo los pies doloridos y la sensación pringosa de haber pasado quince horas sin cambiarme de ropa. Después de Harrods hemos ido al teatro. Luego hemos cenado en un restaurante pakistaní muy próximo al hotel. Allí, hemos sugerido a Inés que nos enseñe su residencia.
– Mejor os la enseño mañana -ha respondido remolona.
Se ha ido con muchas prisas. De hecho no ha esperado ni al postre.
– No creáis que me voy de fiesta -ha advertido.
No ha dado más explicaciones, ni siquiera se ha ofrecido a enseñar el ambiente nocturno a Mónica, que ahora me está diciendo que le ha sentado muy mal.

Mónica ha desparramado el contenido de su maleta por toda la habitación. Le he dicho que ordene sus cosas. No me ha hecho caso. No he insistido  porque sé que es una empresa perdida de antemano y antes de iniciar el viaje me hice el firme propósito de no gruñir. La habitación, no me había fijado en ella, es correcta. Me molesta que las ventanas no se puedan abrir. Es algo que he encontrado en muchos hoteles y no me acabo de acostumbrar. Sobre la mesa que tengo enfrente veo desparramadas  las extensiones de mi hija. Son largas y estropajosas. Así, separadas de ella, parecen la cabeza de un jíbaro. Estoy harta de decirle que estos pelos artificiales la hacen parecer una peluquera. Cuando se lo comento arruga la nariz y se hace la ofendida.
– Tú -dice señalándome con el dedo- lo que quieres es que esté espantosa con este pelo tan corto.

También ha dejado sobre la mesa el cepillo lleno de cabellos enredados, su neceser de manicura,  sus pestañas postizas y dos pares de zapatos de tacón de aguja que no sé cuándo piensa utilizar. Se ha olvidado el cepillo de dientes, el pijama y  la ropa interior. Le parece que tampoco ha traído camisetas suficientes.
– Ya me dejarás tus cosas -dice con tranquilidad.
Tampoco ha traído ningún par de zapatos planos.
Aprieto los dientes. Mis prendas están contadas. Preparé mi maleta a conciencia, ordené la ropa sobre la cama y organicé los conjuntos. Le digo que camisetas puedo dejarle alguna, pero el cepillo de dientes, ni hablar, que se limpie con el dedo, y la ropa interior tampoco, puede lavar la suya por la noche y ponerla a secar en el radiador.
– ¡Cómo eres! -dice mientras se mete en la cama.

Me mira con extrañeza. A veces pienso que no entiende lo que digo o que sí, lo entiende, pero le importa poco. No sirve de nada darle consejos. ¿Qué recuerdo tendrá de mí? Tal vez determinará que fui  una madre entrometida e insatisfecha o demasiado tolerante y que no me daba cuenta de nada de lo que tenía delante. Supongo que pensará las mismas cosas que, a su edad, yo pensaba de la mía. A veces pagaría por conocer sus pensamientos. Me temo que me arrepentiría.

Entro en el baño tragándome los reproches. De mi boca ha oído una y mil veces que para viajar deben prepararse maletas inteligentes. Lo imprescindible, nada más. Prendas cómodas y zapatos resistentes. Debe de haber aprovechado que he dejado la habitación libre porque la oigo, a lo lejos, cuchichear por teléfono. Es su novio. Lo sé. Repite entre frase y frase la palabra “cariño”. Sí cariño, no cariño. El debe de estar declarando que la añora, porque ella acaba de replicar que no sea exagerado, que cuatro días pasan rápido. Este chico me cae bien, tal vez sea algo blandengue, pero buen chaval.

Abro el agua caliente. El chorro impregna el baño de un vaho muy espeso que me envuelve  y me templa. En el suelo, retorcido como una lombriz, encuentro el tanga de Mónica. Es una pieza minúscula y transparente de blonda negra y gris.

Llaman a la puerta. Es mi madre. Viene a darnos las buenas noches y a contarme que mi padre es un desastre, que no ha sabido hacer funcionar el microondas y se ha quedado sin cenar.

Intento  apartar el tanga con la punta del pie. Pienso que a mi madre le puede incomodar. Yo ya estoy acostumbrada. Me costó lo mío aceptar que esta prenda fuera usada por mis hijas. Lo he visto muchas veces colgado del tendedero o sobre la bandeja de la plancha. A mi madre, pienso, no le resultará tan familiar. Tengo razón. Ha visto mis intenciones y recoge la pieza del suelo. La mira con ojos entrecerrados mientras la sujeta entre el índice y el pulgar. Se encoge de hombros. La abandona sobre el lavamanos y nos besa.

Pienso  en la infancia de mis hijas, en la ropa interior que  arropaba sus cuerpos redondos. Camiseta y braguita de algodón con un lacito en el centro. Ambas prendas eran blancas. Blancas como sus risas y como sus secretos. Enjabono el tanga bajo el chorro y lo cuelgo sobre el radiador.  Me ducho pensando en la blancura de aquellos días.

Se me hace extraño dormir junto a Mónica.  ¿Cuántos años hace que no estamos tan cerca? ¿Cinco, seis? Antes, cuando mi ex marido era marido y se iba de viaje por negocios, mis hijas dormían conmigo. Eran noches de mimos y declaraciones.  Muchas mañanas amanecíamos, las tres, acopladas como un puzzle. Esos días nos quejábamos de algún dolor pasajero por haber dormido en mala posición. No debían de ser molestias muy intensas, porque a la noche siguiente lo solíamos repetir. Cuando sus cuerpos adquirieron volumen y la cama se hizo demasiado pequeña para albergarnos a las tres, mis hijas empezaron a rifarse las noches. Establecimos que los turnos se debían cumplir con un orden estricto, aunque ellas intentaban hacer trampas. Cuando a  Mónica le tocaba dormir conmigo me abrazaba muy fuerte. Le gustaba hablar hasta muy tarde. Explicaba que su mejor amiga se estaba haciendo amiga de otra y eso le dolía, pero que había una tercera, nunca lo habría sospechado, que le había dejado dentro del pupitre un sobre lleno de calcomanías y una nota que ponía ¿quieres ser mi amiga?,  y que cuando fuera mayor querría estudiar medicina y sentarse detrás de una mesa y dar consejos a los demás y ¿ me ves casada?, querría tener tres hijos, Gonzalo, Mónica y Pablo, ¿mejor dos hijos y una hija, o al revés?. Entonces se llamarían Gonzalo, Mónica y Clara. Clara como tú, Mami. Así, entre confidencia y confidencia se nos hacía muy tarde.

Una noche, tendría unos catorce años, en que discutía con Inés por decidir quién dormiría en mi cama,  dijo de repente y sin razón aparente que daba igual, que ya se quedaba en la suya, que Inés podía dormir conmigo todas las noches que quisiera. Luego empezaron los silencios, los secretos con las amigas, el irse a la terraza para hablar por el móvil, el te dejo que llega mi madre y el pasar tardes enteras colgada del ordenador. Desde entonces no sabemos de qué hablar y vaga por la casa como un fantasma.

Me abrazo a Mónica, que permanece rígida de espaldas bajo las sábanas. La siento impenetrable. No se ha movido ni un ápice.
– Te quiero -le digo.
– Yo también -responde ella. Suena a frase hecha.

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Acerca de Aurora Villalba

Nacida en Barcelona en 1961, es licenciada en Psicología Clínica por la Universidad de Barcelona. Se especializa en la aplicación de técnicas cognitivo-conductuales en la Unidad de Terapia de Conducta de la UB. Participa en la elaboración de algunas tesis relacionadas con la aplicación de dichas técnicas a grandes obesos y al miedo de hablar en público. Publica varios artículos sobre trastornos de alimentación en revistas de psicología: Ansiedad y obesidad, Bulimia, una enfermedad de hoy. Durante toda su vida procura dar espacio a sus dos grandes pasiones: baile y literatura. Se forma en las disciplinas de jazz, danza española y ballet clásico en la Escuela de Danza Coco Comin. Aunque su afición por la escritura se remite a la adolescencia, es a partir del 2008 cuando empieza a dedicarse plenamente a ella. Tras estudiar diversos cursos de narrativa, cuento y novela en el Ateneu Barcelonès, escribe su primer relato, "Rodando por los jardines", con el que obtiene el segundo premio de “Relatos de Mujeres 2012”. Con su segundo cuento, "El viaje" (editorial Círculo Rojo, 2014), gana el primer premio “Palabra sobre palabra” y su libro de cuentos "Esa vida que pesa" es galardonado con el primer premio del XXXV certamen literario Carta Puebla 2013. Sus primeras obras son cuentos adscritos al género de narrativa de ficción contemporánea. De un realismo muy intimista, sus historias hablan sobre personajes que luchan por amar, avanzar y sobrellevar sus destinos. Actualmente, está trabajando en su primera novela.
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