RODANDO POR LOS JARDINES. Capitulo Vlll (y último). Nostalgias.

foto capitulo 8

Ayer me costó dormir. Encontré a mi madre muy alterada por la discusión de la cena y me puso la cabeza como un bombo. Cuando me he despertado, a las ocho, no había rastro de Mónica. En un mensaje, enviado a las siete, me dice que no me preocupe, que está de camino hacia el hotel. Desayuno zumo de naranja, tostadas con mermelada y un té muy fuerte en compañía de mi madre, que sigue insistiendo en que le explique mi conversación de ayer. Le cuento solo la parte que puedo. Desde la ventana del comedor, que está en el ático, veo los tejados inclinados de las casas. Una vez más, el día es gris. El camarero nos ofrece algún plato caliente. No, gracias, excesivamente indigesto para desayunar. Llevamos demasiados días comiendo fuera de casa y eso pesa sobre nuestros estómagos. Probablemente el gris del cielo  influye también.

A medio desayuno han llegado mis hijas. Llevan el maquillaje caduco y el orden de su pelo deja bastante que desear. Exhiben unas ojeras profundas y desprenden un tufillo a discoteca que anula el aroma de las tostadas y el jabón de la mañana. A pesar de sus trazas son tan jóvenes que las veo preciosas.  Cuentan que se lo han pasado estupendo, que no entienden cómo se les ha hecho de día, que después de desayunar dormirán y que, por favor, no nos olvidemos de avisar con tiempo a Mónica para que se dé una ducha y prepare su maleta antes de partir hacia el aeropuerto. Desayunan huevos fritos con bacón, cereales y un chocolate caliente muy espeso coronado con un reguero de nata. Dicen que les sienta divinamente.

Antes de que partiera hacia su residencia nos hemos despedido de Inés. Mi madre ha sido un poco parca,  ha cruzado sus mejillas con las de ella y ha dejado ir dos besos, de esos que apenas suenan, hacia el aire.
– No seas sosa -ha replicado Inés. Le ha dado un achuchón enorme y los ojos de mi madre se han vuelto a humedecer.
Ahora está abrazada a mí y me dice esas cosas que sabe me gustan oír. Lo mucho que me quiere y que me va a añorar. No parece que haga cuento. Me estrecha las manos con fuerza.
– Voy a ser muy responsable -asegura. Y me mira fijamente, como si quisiera transmitirme una gran confianza. Quiero creerla.

El día ha sido azaroso y pesado. Las vueltas de los viajes lo suelen ser. Por la mañana,  hemos tenido el tiempo justo de hacer los últimos recados. Pasarnos por Armani y recoger una bufanda de cashmere para mi padre, que no pudimos comprar ayer porque no disponían del color que mi madre buscaba. Nos prometieron que la tendrían hoy. Después de despertar a Mónica, hacer las maletas y almorzar un sándwich de lechuga y pollo en la cafetería del hotel, nos hemos  metido durante dos horas y media  en el mayor atasco que había visto jamás. El recepcionista nos recomendó hacer el recorrido en taxi hacia el aeropuerto por un precio cerrado que parecía razonable. Aceptamos. Pensamos que sería más cómodo no tener que pasear maletas por los andenes. Solo que, prisioneras de  la aglomeración, si no fuera porque nuestro avión también llevaba retraso, hubiéramos tenido que esperar a otro. Nos hemos puesto bastante nerviosas.

La demora ha sido larga. Hemos cenado otro sándwich en el bar del aeropuerto, este de atún, infinitamente más seco que el de antes, y hemos gastado las últimas libras que nos quedaban en el Duty free. Ha dado bastante de sí, una crema  Estee Lauder y un convertidor de corrientes que, aunque de momento no necesitamos, hemos pensado que en algún viaje podría ser de utilidad. Hartas de dar vueltas, hemos decidido sentarnos en una cafetería para bebernos un té y nos hemos entretenido comentando los pormenores del viaje. Cuando han avisado, por los altavoces, de que se iniciaba el embarque, no nos hemos enterado. Solo en la última llamada Mónica ha dado un grito, y hemos salido a la carrera. La puerta estaba lejos, pero incluso los pies de mi madre han corrido como si tuvieran  alas. Hemos embarcado de milagro mientras una sobrecargo, muy desagradable, con una peca peluda en la mejilla, nos ha dedicado una  extensa reprimenda en  inglés.
– Suerte que no entiendo nada -le ha respondido mi madre.

En el taxi que nos lleva a casa de mi madre hablamos  poco. Durante el vuelo, todavía excitadas,  estuvimos riendo de nuestros lances y comentando lo bien que lo habíamos pasado juntas. Mi madre intentó rememorar los nombres de los lugares por los que habíamos desfilado.
– Ya, sabes, para contarlo a los conocidos.
Ahora Mónica, cubierta por su abrigo de piel, dormita y mi madre solo atina a preguntarse, aunque apenas lo ha nombrado en todo el viaje, como habrá sobrevivido mi padre sin ella. Presenta una especie de desplome, de derrumbe, que le hace achicar sus ojillos y apoyar la cabeza sobre el respaldo.

Sí, ha habido muy buenos ratos, otros no tanto. Los viajes son así, imprevisibles y finitos. Empiezo a pensar en lo que me espera esta semana: recoger  ropa de la tintorería, repasar las facturas, pedir hora en el dentista de Mónica, parece que se le tuerce un colmillo y con lo que costó la ortodoncia se tiene que revisar, llenar la nevera, sí, sí, llenarla, me paso la vida llenando la nevera. Parece mentira, solo he estado cuatro días fuera de casa y se me acumula el trabajo como si hubieran transcurrido cuatro semanas.

Toco la funda de tela que cubre el blazer. Es áspera, la he llevado durante el viaje en la mano, no quise meterlo en la maleta para que no se arrugara. Ha sido una buena compra. Tengo ganas de estrenarlo. No sé si tendré demasiadas ocasiones de lucirlo. Tal vez en una cena con amigas. Quién sabe, alguien comentará que tiene un colorido extraordinario y yo, aparentando indiferencia, responderé, ¿Te gusta? Me lo compré en  Londres. Estas frases siempre dejan cierta estela en el ambiente.
Debería organizar mi armario para darle cabida, seleccionar lo aprovechable y regalar lo estropeado.  Lo viejo no deja espacio a lo nuevo. Igual que mi trastero, repleto de inutilidades. ¿Por qué nos empeñamos en guardar tantos  objetos? Las cosas tienen su momento, igual que las personas. ¿No se desprendió mi marido de mí?  Debería hacer lo mismo con los trastos. Imagino, ahora, la soledad que me esperará tras la puerta. ¿Quién vendrá a mi encuentro? Nadie. Veo  mi cama fría,  mis cenas en la cocina acunada por los sonidos que llegarán de la calle, mis fines de semana estériles y los años que me quedan por delante. Pienso también en mi bicicleta arrinconada, cubierta de polvo, telarañas y herrumbre, inservible y absurda,  que debería arreglar algún día pero que nunca va a reparar nadie.

El taxista parece tener prisa, porque se ha vuelto hacia nosotras instándonos a que nos apeemos. He bajado la maleta de mi madre y la acompaño hacia su portal. Sus pasos, aunque inseguros, adquieren celeridad. Parece tener prisa por volver a las charlas con su interina, a  las comidas sin sal y a las tardes de televisión junto a los mutismos de mi padre.
La abrazo frente al ascensor. La siento menuda. Mi mejilla roza  su jersey de angora, que huele a colonia de espliego. Su caricia me trae nostalgias antiguas, memorias de conflictos pequeños, de cuando era joven y en su mano escondía la posibilidad de resolver mis apuros. Escucho una voz muy suave que susurra en mi oído “sana, sana, cura esta manzana”. A lo mejor no la oigo,  y la invento.
– Me alegro de que te hayas comprado el blazer -dice.

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Acerca de Aurora Villalba

Nacida en Barcelona en 1961, es licenciada en Psicología Clínica por la Universidad de Barcelona. Se especializa en la aplicación de técnicas cognitivo-conductuales en la Unidad de Terapia de Conducta de la UB. Participa en la elaboración de algunas tesis relacionadas con la aplicación de dichas técnicas a grandes obesos y al miedo de hablar en público. Publica varios artículos sobre trastornos de alimentación en revistas de psicología: Ansiedad y obesidad, Bulimia, una enfermedad de hoy. Durante toda su vida procura dar espacio a sus dos grandes pasiones: baile y literatura. Se forma en las disciplinas de jazz, danza española y ballet clásico en la Escuela de Danza Coco Comin. Aunque su afición por la escritura se remite a la adolescencia, es a partir del 2008 cuando empieza a dedicarse plenamente a ella. Tras estudiar diversos cursos de narrativa, cuento y novela en el Ateneu Barcelonès, escribe su primer relato, "Rodando por los jardines", con el que obtiene el segundo premio de “Relatos de Mujeres 2012”. Con su segundo cuento, "El viaje" (editorial Círculo Rojo, 2014), gana el primer premio “Palabra sobre palabra” y su libro de cuentos "Esa vida que pesa" es galardonado con el primer premio del XXXV certamen literario Carta Puebla 2013. Sus primeras obras son cuentos adscritos al género de narrativa de ficción contemporánea. De un realismo muy intimista, sus historias hablan sobre personajes que luchan por amar, avanzar y sobrellevar sus destinos. Actualmente, está trabajando en su primera novela.
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