RODANDO POR LOS JARDINES. Capítulo VII. Candem, Armani, Mr Chow y la habitación de Inés.

Camden Town London UK

El último día lo dedicamos a compras. Es un día gris, como todos. Cándem huele a incienso mezclado con ropa vieja. Farolillos de petróleo iluminan los tenderetes que exhiben antiguallas sobre sus tableros. Cuando llevas un rato recorriendo el laberinto de los corredores,  sientes que el hielo te asciende por los pies y se te instala en los huesos. Mi madre envuelve su cabeza con un chal y frota su nariz, que despunta roja por el frío. Intenta con pasos inestables seguir el ritmo que imponen mis hijas, que corren de tenderete en tenderete como si fuera primavera y las azuzara el sol. Preguntan precios y se prueban gorros con orejeras, faldas de terciopelo raídas, chales y abrigos de visón despeluchados que valen cincuenta euros. Ríen, hablan a gritos, dicen que  son justamente los abrigos de pelos que buscaban. Discutimos, los abrigos nos parecen una ruina. Imagino la historia de cada unos de ellos. ¿Quién habría sido su dueña? Seguro que una mujer mayor, de piel áspera y olor a naftalina y mermelada de ruibarbo. ¿Cómo habría sido que un día lo había puesto a la venta? Tal vez necesitaba dinero o, por el contrario se compró uno nuevo y no le cabía en armario. Y  había llegado a nuestras manos, así, de una forma tan casual. La vida está hecha de casualidades. Ahora mis hijas, tan jóvenes, prendadas de un abrigo que tal vez fue el de una anciana.  Mi madre dice que les regala un abrigo a cada una. Pago yo. Ellas la llenan de besos. Me quejo de que no es una prenda apropiada para ellas, que no tienen edad de llevar abrigos de pieles.

-Por cincuenta euros -se justifica- mira lo felices que están. Que disfruten. Si el año que viene se ha convertido en un trapo viejo. ¿Qué más da?
Tengo que aceptar que lleva razón. Aunque a mí nunca me mimara tanto. Miro a mis hijas, que acarician sus abrigos y parecen princesas. Pienso  en la mujer que no conozco y lo guardó, durante años, en un rincón de sus apegos.

Por la tarde recorremos Bond Street. He insistido en ir. Siempre me ha gustado la ropa cara, mirarla en los escaparates e imaginar cómo quedará sobre mí el conjunto de la maniquí. ¿Por qué son tan delgadas? Pedirle a la dependienta que busque  mi talla, decirle con mal disimulado orgullo, vestigio de antiguas vanidades, que visto una treintiocho y oír decir a cualquiera que esté presente, aunque sepa que lo dice solo por halagarme,  que el modelo me queda francamente bien. Los aparadores  exhiben con  empaque las nuevas colecciones.

Entramos en Armani. Me gusta su  anagrama sobrio. Veo vestidos de lino suaves y vaporosos, sandalias acharoladas de plataforma y un blazer de un color indefinido que cuadraría perfectamente con cualquier prenda que quisiera combinar. Busco el precio en la etiqueta. No lo encuentro, debe de estar muy escondido. En estas tiendas  creen que el precio es lo de menos. Pienso que no vale la pena que lo pregunte. Cueste lo que cueste, estará fuera de mi alcance. Me irrito conmigo misma.  Conocía mi actual presupuesto cuando propuse que nos acercáramos a esta calle. ¿Qué me pasa? Me abruma, pasa eso, me abruma el dinero. Tengo ganas de marcharme. No quiero dar más vueltas a esa avalancha desmesurada de productos de lujo. Me  arrepiento de haberme empeñado en venir.  Sé que no voy a poder comprar nada. No merece la pena entrar en una tienda si uno no piensa comprar.
-¿Has visto que blazer tan elegante? -pregunta mi madre.
-Sí -respondo con fingida indiferencia.
Lo miro una vez más. Al fin y al cabo es parecido a otros que cuelgan en mi armario. Más actual pero similar. Tengo mucha ropa en mis armarios, igual que las mujeres de los abrigos de Candem. En realidad toda mi ropa tiene el mismo aire. Un blazer más o un blazer menos, ¿qué más da?
Mi madre insiste en que me lo pruebe. Toco el blazer. Es de  una lana fría deliciosa, mezclada con seda. Necesito acariciar las prendas para saber si me gustan. Tiene una textura suave y resistente. Su caída es impecable, la caída de las telas buenas, liviana e indeformable.
Me queda perfecto.
-Cómpratelo, boba. Yo te lo regalaré -me dice flojito mi madre.
Le respondo que no. Aprieta la mandíbula y mueve la cabeza. Parece contrariada. ¿Por qué no te dejas ayudar, hija terca?, se nota que piensa.
Tal vez debería admitir sus regalos con mejor talante, como mis hijas que llevan toda la tarde llamando a sus amigas para contarles que su abuela les ha comprado un abrigo de pelos. Probablemente  es la única forma que conoce de ser todavía útil.  Es sencillo, solo quiere alegrarme la vida. Comprarme un blazer. Nada más.  No sé, aceptarlo es como aceptar mi dependencia, algo que a estas alturas  me hace sentir un poco aperreada.

Los días han pasado muy rápidos. Hemos hecho tantas cosas que nos cuesta recordar lo que ocurrió en la primera jornada. Hemos solicitado a Inés, en muchas ocasiones, que nos enseñe su residencia y ella, con su astucia habitual, ha conseguido en todas ellas convencernos de dejarlo para el día siguiente. Casi nos da pereza insistir.

Esta noche nos brindamos un despilfarro en Mr. Chow. Un restaurante chino muy de moda visitado por artistas y gente de la prensa rosa. Lucimos en nuestros cuellos los collares de mi madre, que, tenía razón,  arreglan mucho, son una buena solución. Intentamos entrar con la indolencia propia del que se siente un habitual de los lugares mundanos. La sala huele a pollo lacado y perfume Chanel. Discutimos por los asientos y por la comanda. Para dejar de batallar elegimos  un menú variado. Junto a nuestra mesa está cenando Charlotte Rampling, y un poco más allá un grupo de árabes lanzan miradas de codicia sobre mis hijas. Observo que Inés, consciente de la atención que despierta,  dedica  de soslayo sonrisas sugerentes.
– ¿Por qué les sonríes? -la increpo.
– Mamá, chocheas. -Se ríe de mis recriminaciones y dice que es normal, que sonreír  no es ningún delito, que si la miran tiene que mostrarse amable y que lo que ocurre es que yo me he olvidado de cuando me miraban a mí.
No puedo negarlo, ya nadie me mira con codicia en los restaurantes, las miran a ellas y no es que eso me importe,  o sí me importa, pero ¿qué le voy a hacer? Aceptarlo con resignación, aunque no me guste.
El comentario ha dolido y el vino nos hace elevar el tono de nuestras voces.
– Por favor, Inés discúlpate con tu madre -dice mi madre.
– ¿Hay algo malo en decir la verdad? -responde Inés retadora.
– ¡Tía, cómo te pasas! -continúa Mónica.
– A una madre no se le habla así -añade mi madre.
– Bueno, lo siento -. Inés no parece sentir nada.
Me he mantenido al margen porque me siento agotada. La actitud de Inés me inquieta, demasiado segura, demasiado provocativa para una niña de su edad. Debe de tener ganas de guerra, porque ahora nos está preguntando cómo reaccionaríamos si tuviera un hijo negro.
– Mejor que lo adoptes -opina mi madre.
Inés quiere dejar muy  claro, sobre todo a mi madre, que  ella quiere un hijo negro de un hombre negro, que le gustan los negros, como hombres, porque tienen un cuerpo estupendo. Sonríe con suficiencia, como si en su mano se aglutinara  la experiencia de todos los hombres del mundo.
Intento darle una patada por debajo de la mesa. No es que tengamos nada en contra de los negros, pero no sé a qué viene semejante comentario. Sé que está poniendo a prueba nuestro temple. Siempre le gustó el escándalo, ya cuando iba al colegio y no tenía más de diez años, las profesoras me llamaban soliviantadas porque en los recreos revolucionaba a sus compañeras inventando historias procaces. Yo miraba su carita de melocotón fresco y pensaba que las maestras debían de ser unas exageradas.
Mi madre tiene los ojos llorosos y yo no sé qué decir. Hablamos  a un tiempo, en realidad gritamos, la gente nos mira. Nuestras voces se mezclan con el crepitar de los hornillos que fríen frente a los clientes nueces y plátanos caramelizados. Alguien da un manotazo. ¿Quién ha sido? Inés.  Se vuelca una copa de tinto que extiende sobre el mantel un ruedo  violeta y nos llena de silencio.

Seguimos mudas hasta la residencia de Inés. Antes hemos dejado a mi madre en el hotel. No parecía muy conforme, pero la hemos convencido de que estaba cansada y debía irse a dormir. Me ha dicho, por lo bajo, que las reacciones de Inés son legado de su padre. Parecía muy abatida. He forzado la situación porque es mi última oportunidad de hablar claro con Inés. Hubiera preferido hacerlo a solas, pero Mónica  ha venido porque habían convenido ir a una discoteca después. Además, a Mónica no vamos a esconderle nada.

La habitación de Inés tiene los cables del  detector de humos segados.  Dice que los cortó para poder fumar sin que los vigilantes se enteraran.
– ¿Ah, pero tú fumas? -pregunto.
No contesta, pero se nota. Huele a colillas enfriadas y a falta de ventilación. Siento todavía el sofoco de la cena y los efluvios del vino que rondan por mi cabeza. Abro la ventana. Un chorro de aire helado bate sobre mi cara. Miro a mi alrededor. Me alegro de no haber traído a mi madre. Si hubiera visto esta cuadra le hubiera dado otro pasmo.  Inés tiene su ropa esparcida entre su cama,  una butaca de paño roído y el suelo. El armario,  completamente abierto, solo guarda en su interior cuatro latas de  tónica, dos botellas de ginebra y una maleta. Sobre los estantes, en dos vasos de plástico llenos de agua tintada de marrón,  flotan colillas remojadas que apestan, y varios frascos sin tapón, rezuman su contenido viscoso sobre el lavamanos.
– ¿Cómo puedes vivir así? -pregunto.
Inés levanta el extremo de la colcha y mete la cabeza bajo la cama.
– No hay moros por aquí, ni negros por allá. -Lo dice con sorna. Interpreto que es su forma de insinuarme que me meta en mis cosas.
Me ofrece un cigarrillo  y se tumba con zapatos sobre su cama. Dudo, me da cierto reparo fumar junto a ellas. Me parece ridículo jugar a madre “enrollada”, pero acepto.
Mónica no suele fumar. Sin embargo hoy dice que le apetece uno.

Sobre la mesita de noche, entre apuntes, pañuelos de papel usados y pendientes desparejados hay una fotografía de las tres. Ellas debían de tener entre nueve y once  años. Se nos ve, como unas pascuas, sentadas sobre una roca, en la orilla de un  lago. Vestimos pantalones cortos y calzamos chirucas. Mis hijas me abrazan del cuello y apoyan sus cabezas sobre mis hombros. Mónica lleva unas gafas en forma de corazón e Inés agita un ramo de violetas silvestres. Apartada en un estante también hay una fotografía de su padre. Me molesta pero me callo. Al fin y al cabo es lo que tiene que ser.

Aparto la ropa de la butaca, me siento y enciendo el cigarrillo que me acaba de dar Inés. Es reconfortante pensar que  ha elegido justo la fotografía del lago para presidir su sueño. Mónica nos recuerda que, mientras su padre nos enfocaba con el trípode, un rebaño de vacas pisoteó nuestra comida.
– Hacía mucho calor  y nos bañamos desnudos.
– Sí, sí. Mientras nos remojábamos llegaron unos excursionistas.
– No nos atrevíamos a salir.
– El agua estaba helada.
Nos vamos hurtando  el turno de las  palabras. Reímos. Es agradable reírnos juntas. El humo de las bocanadas converge bajo la lámpara y flota sobre nuestras cabezas. Prefiero olvidar lo de la cena. No quiero entrar en recriminaciones. Mañana me voy y tengo mil preguntas en la punta de la lengua que pugnan por dispararse pero no encuentran la forma. Al fin pregunto. ¿Qué pregunto? Todo. Cómo les va la vida, ¿por qué Mónica no dice nada?, ¿que está siendo de sus amores?,  ¿qué le está ocurriendo a Inés, que parece que nos huye? ¿y sus estudios?  ¿ y sus amigos?

Inés siempre ha sido extrovertida y no regatea las explicaciones. Nos cuenta de corrido muchas cosas. Dice que ya no quiere novios fijos, que se ha cansado de dependencias y, mira que cosas, desde que lo ha decidido no hace más que romper corazones, que hoy las llevará de farra un chico,  este si te gustaría, mami, que no hace más que regalarle flores. Si puedo te lo presento. Y que el chipriota, ya te dije, solo amigos, y  que no quería que viniéramos a su residencia porque le daba vergüenza que sus compañeros la vieran, como una mocosa,  acompañada hasta de su abuela.
– Con vosotras no me importa, pero con ella…
Explica que aunque sabe que es injusto, se pone nerviosa cuando oye a su abuela hablar de cosas intrascendentes, claro, Mónica es distinta, Mónica siempre ha tenido más paciencia, y cuenta también que cuando se siente censurada no sabe lo que le pasa, pero ese carácter suyo, mueve la cabeza con rabia, le hace decir cosas que de verdad no piensa. Que por eso lo de esta noche, que lo siente mucho, que ya sabe, tiene que aprender a controlarse. Ah, y los estudios bien, en orden pero sin pasarse, como siempre, ni demasiado oro, ni demasiados desastres.
Me gusta oírla hablar con tanta desenvoltura. Parece segura. A Mónica le cuesta más expresarse, pero hoy, tal vez sea el humo que nos hace amigas, también explica, a su forma, muchas cosas. Nos pide respeto para sus silencios, tampoco creáis que hable mucho cuando estoy con mis amigos, y confianza  en sus decisiones y recrimina a Inés el poco tacto que tiene con su abuela. A ella, dice, también le cansa su charla, pero se aguanta. Convenimos las tres en que nos sentimos  un poco mezquinas. Las miro y pienso cómo dos hijas de unos mismos padres pueden resultar tan distintas.

Inés ha preparado, en el vaso de enjuagarse los dientes, un gin tonic que circula de una a otra. El humo es denso y vaga sobre nuestras cabezas. Estoy contenta. De pronto me apetece contarles  que anoche hablé con un chico, un chico joven, diez o doce  años mayor que vosotras, no más. Me miran con entusiasmo y preguntan por lo que nos dijimos. Lo explico. Dicen que es divertido eso de tener una madre que habla con desconocidos en la calle.
– A lo mejor le gustaste.
– A lo mejor es el hombre de tu vida y no lo sabes.
– Qué tonterías-.  Me azoro.
Luego bajamos al pub  y conozco a los amigos de Inés. También al chipriota que, ahora me entero,  se llama Solón y realmente tiene un aire tristón. Saludan con educación y dicen en un inglés que entiendo “Nice, nice”.  Me caen bien. Parecen  normales. Inés recibe una llamada y  Solón la mira con ojos lánguidos. Me da un poquito de pena.
Es la una y estoy cansada. Me voy, no hace falta que me acompañen.
– Hazme caso -dice Inés antes de que me marche-. Busca al chico del hotel y mañana, antes de ir al aeropuerto, os vais  en bicicleta por los jardines.

En el camino hacia el hotel pienso en las ocurrencias de  Inés, en esa forma tan fresca de decir las cosas que piensa, y en los silencios de Mónica, que probablemente no son más que fruto de su forma de ser. Cada uno es como es. Al fin y al cabo son buenas chicas, me digo, no han repetido ningún curso y aparte de los problemas cotidianos nunca me han causado grandes sobresaltos. ¿Qué más puedo esperar de ellas? Se han hecho mayores y tengo que dejarlas en paz. Yo tampoco estaba pendiente de mi  madre, ni en sueños la hacía partícipe de mis experiencias. Mucho menos que ellas. No recuerdo, en mi juventud, ninguna noche como esta. Claro que mi madre era distinta, más carca, menos capaz de entender. Los padres nunca han sido confidentes de sus hijos. Los padres son padres y nada más. Para confesiones ya están los amigos. Que vivan su vida. Yo también quiero vivir la mía. Todos queremos vivir nuestras vidas. El aire, como siempre es frío, tal y como se intuía desde el ventanuco de la habitación de Inés, pero me gusta porque hace que ardan mis mejillas y me despeja. Me hago la promesa de confiar más en mis hijas.

Casi llegando, mientras espero a cruzar, veo a lo lejos al chico del hotel que pedalea sobre el asfalto. Qué sorpresa. Debe de haber alquilado una bicicleta, al fin. Es él, no tengo duda. Reconozco su parca, su nariz aguileña y su pelo azabache, un poco largo, que le cae hacia la nuca. Reconozco, sobre todo, ese aire distinguido que acompaña sus ademanes.  Se ha detenido frente al semáforo. Menuda casualidad. No es tan raro encontrarlo, nos alojamos en el mismo lugar. Lo esperaré aquí, apostada en la esquina. Cuando pase por delante me verá, seguro que me verá. Si no, ya me encargaré de avisarle. ¿Cómo le llamaré? Me doy cuenta de que no conozco su nombre. Tiene aspecto de llamarse Giovanni. No, no. No me gusta. ¿Fabricio, Dominico? Demasiado pretenciosos. Paolo, decido que le cuadra Paolo. Me gusta porque es sencillo. Basta de tonterías, pienso.  Se llamará como le haya puesto su madre.  Será mejor que grite ¡Hey! cuando  pase por delante. Seguro que se detendrá.
– Qué casualidad -comentaré.
Él responderá que nada ocurre por casualidad y me preguntará qué hago sola, en la calle, a estas horas.
– Vengo de estar con mis hijas -explicaré.
Me ofrecerá un cigarrillo que aceptaré. Luego, mientras quemamos tabaco, le contaré que todo funciona bien. Sí, eso diré. Tengo dos hijas estupendas. Me mirará sorprendido. ¿Dos hijas? Le aclararé que sí. No te lo había explicado, continuaré,  pero estaba preocupada por ellas. Muy preocupada. No sé qué ha pasado esta noche. Nunca se sabe bien porqué ocurren las cosas, pero estoy contenta. Inés solo tenía vergüenza de parecer una niña pequeña ante sus amigos.  Mónica, bueno, a Mónica le cuesta expresar sus sentimientos, pero es paciente, será una gran mujer. Es curioso, esto de los cigarrillos me hace ser joven, me acerca a los jóvenes. Creo que nunca voy a dejar de fumar. Sabrá entenderlo, parece un hombre sensible. Le comunicaré que mañana por la tarde embarco hacia mi ciudad y él, con esa media sonrisa que contagia las ganas de reír,  dirá que menuda pena. Me propondrá de nuevo aprovechar la mañana y alquilarnos unas bicicletas y yo le responderé que estaré encantada.
Mañana nos despertaremos muy pronto. A lo mejor hace sol y los parterres del parque parecerán prados. Oleremos a hierba fresca, a árbol, a pulmón verde de gran urbe. Rodaremos entre ardillas, sortearemos arroyos, cruzaremos puentes y la brisa se nos colará entre los dientes. Llegaremos despacio hasta la glorieta. Un poco cansados pero contentos. Ocuparemos una de las mesitas encaradas al sol y  pediremos al camarero  un par de cervezas. No, cervezas no, que aquí las sirven tibias y entran ganas de escupir.  Mejor dos coca colas frescas, con cubitos de hielo y rodaja de limón. Estiraré los brazos y ensancharé mis pulmones.
– ¿Sabes? -diré.- Soy feliz. Me encanta eso de rodar en bicicleta.
Le explicaré que tengo una, olvidada en un rincón del trastero, que está hecha una porquería, vieja y estropeada.
– Me estoy planteando repararla -. Solicitaré  algún consejo.
– Claro que sí -dirá, y me explicará ciertas cuestiones técnicas que escucharé con interés.
Un aceite para eliminar la herrumbre o, ¿quién sabe?, algún truco para recomponer la cámara de aire. Los hombres siempre conocen soluciones para este tipo de asuntos. Le contaré que cuando repare la bicicleta me llegaré hasta la playa, como hacía antes, y tumbada sobre la arena recordaré el paseo de esta mañana.
– La utilizaré mucho. Practicaré. Así me pondré en  forma-, lo diré en tono de broma.
Él acercará su cabeza y dirá que no necesito bicicleta, ni ningún otro entrenamiento para estar estupenda. Me reiré con coquetería y la gente que esté a nuestro alrededor mirará con indiscreción la extraña pareja que formamos. Me alarmo. ¿Y si piensan que es mi hijo?  Imposible, estoy segura. Porque  sus labios casi rozarán mi oreja. Notaré el calor de su aliento y se acelerarán mis latidos. Dirá otra galantería y yo me reiré más alto. En la mesa contigua, una señora rígida y atildada, tal vez de mi edad pero que aparentará más años, me mirará con reprobación. Dará un codazo a su marido, que elevará unos segundos, solo unos segundos, su mirada de “El Times”. Ella enarcará una ceja y sabré que he despertado  un poco de envidia.

Su semáforo se ha puesto verde. Por fin. Nunca había visto un semáforo tan largo. Los coches se han movilizado y, entre ellos, lo veo acercarse poco a poco. Reconozco  la marcha de sus piernas. Aunque nunca lo había visto pedalear, es exactamente el tipo de movimiento que había imaginado. Está a pocos metros de mí. Creo que me ha visto, porque ha disminuido el ritmo. Se acerca. Elevo una mano. La agito. Estoy a punto de gritarle, Hey. Veo una barba espesa. ¿Barba? El no tiene barba. Ha pasado por delante. Miro su espalda. Demasiado ancha.
Estoy aturdida. También algo decepcionada. Nunca conoceré su nombre. Me pregunto si me importa. ¿Me importa? No debería importarme. Sería absurdo que me importara. Tendré que llamarle Paolo. Sí, creo que algo me importa.

Mientras entro por la puerta del hotel decido que mañana, antes de coger el taxi para llegar hasta el aeropuerto, pasaré por Armani y me compraré el blazer del escaparate.

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Acerca de Aurora Villalba

Nacida en Barcelona en 1961, es licenciada en Psicología Clínica por la Universidad de Barcelona. Se especializa en la aplicación de técnicas cognitivo-conductuales en la Unidad de Terapia de Conducta de la UB. Participa en la elaboración de algunas tesis relacionadas con la aplicación de dichas técnicas a grandes obesos y al miedo de hablar en público. Publica varios artículos sobre trastornos de alimentación en revistas de psicología: Ansiedad y obesidad, Bulimia, una enfermedad de hoy. Durante toda su vida procura dar espacio a sus dos grandes pasiones: baile y literatura. Se forma en las disciplinas de jazz, danza española y ballet clásico en la Escuela de Danza Coco Comin. Aunque su afición por la escritura se remite a la adolescencia, es a partir del 2008 cuando empieza a dedicarse plenamente a ella. Tras estudiar diversos cursos de narrativa, cuento y novela en el Ateneu Barcelonès, escribe su primer relato, "Rodando por los jardines", con el que obtiene el segundo premio de “Relatos de Mujeres 2012”. Con su segundo cuento, "El viaje" (editorial Círculo Rojo, 2014), gana el primer premio “Palabra sobre palabra” y su libro de cuentos "Esa vida que pesa" es galardonado con el primer premio del XXXV certamen literario Carta Puebla 2013. Sus primeras obras son cuentos adscritos al género de narrativa de ficción contemporánea. De un realismo muy intimista, sus historias hablan sobre personajes que luchan por amar, avanzar y sobrellevar sus destinos. Actualmente, está trabajando en su primera novela.
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