RODANDO POR LOS JARDINES. Capítulo V. Un desconocido entre volutas de humo.

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Hoy ha amanecido soleado.
– ¡Qué suerte tenemos! -ha dicho mi madre durante el desayuno. La gusta hacer hincapié en que la fortuna siempre corre a su alrededor.

Aunque ayer mis hijas insistieron en dedicar el día de hoy a las compras, he logrado imponer mi criterio y hemos decidido dedicarnos a visitar la ciudad.
– La abuela no conoce Londres y algo tiene que ver -apunto.

Mónica, que no es nada discutidora, ha aceptado sin trabas. Inés no coge el teléfono. Prefiero no dar pábulo a comentarios y sugiero olvidarnos de ella. Nos montamos en un autobús turístico y recorremos la ciudad. A pesar del frío viajamos arriba, en la zona descapotada. La guía, que es española, nos ha dicho que viviremos el recorrido de una forma más directa. Escuchamos las explicaciones y hacemos muchas fotos. A mi madre le suenan los nombres de los sitios por los que pasamos.  Piccadilly, Kensington, Trafalgar Square, intenta pronunciarlos con un acento que parezca convincente. Nos reímos. Nos apeamos del autobús  para visitar la abadía de Westminster y el Big Ben.

Cerca de la parada, qué curioso, veo estacionadas en batería siete u ocho bicicletas. Me sorprende que en una ciudad como Londres, con ese frío que corta hasta las ganas de salir a la calle, se utilicen con frecuencia. Me digo que los londinenses deben de ser muy resistentes o están muy acostumbrados. Tal vez sea, simplemente, que el terreno es llano. Cuando yo iba en bicicleta tampoco me asustaba el mal tiempo. Me abrigaba con un tabardo y unos guantes bien forrados. ¿Por qué deje de utilizarla? Fue porque mis hijas empezaron a hacer sus propios planes y mi ex marido nunca  quiso acompañarme. Ahora está hecha una ruina en un rincón del trastero, cubierta de polvo y de óxido, con la dirección quebrada y las ruedas deshinchadas. Los trastos abandonados parecen espectros. Algún día debería repararla.

Al subir al autobús nos equivocamos de dirección y recorremos de nuevo, pero al revés, la  ruta de antes.
– Cosas de los viajes -decimos.
Nos pasamos el día subiendo y bajando. Por la tarde, ha empezado a llover y Mónica se ha negado a viajar en la parte alta. No hemos sabido nada de Inés. Mi madre no ha dejado de nombrarla.

Inés me ha llamado a las ocho mientras descansábamos en el hotel.
– ¿Sabes? Hemos venido a verte y parece que nos huyas -le increpo.
– Sí, sí -dice que tengo razón y que lo lamenta mucho, pero que la escuche, que tengo que entenderla, que un amigo de aquel chico que me contó…
– ¿Tu novio? -le corto.
– No, ya no salgo con él.
Me sorprendo. Por lo visto, el chipriota que antes la llenaba de amor, ya  no. Ahora le gusta más un pakistaní que conoció cuando fue a hacer la reserva de nuestro hotel.
– Pero seguimos siendo amigos -me aclara en tono confidencial- ¿Me dejas que te lo explique?
– Sí, sí, claro que sí -la animo.

Ha tomado aire y ha iniciado un relato  sobre un íntimo amigo,  del que ahora es solo  amigo, que ha tenido un accidente y ha dejado a su amigo, o sea al chipriota, sumido en una profunda tristeza. Me  ha costado  entenderla porque el discurso de Inés siempre fluye muy rápido, igual que su pensamiento, y cuanto más rápido habla, más parece que dé gato por liebre.
– Mamá, no puedes imaginarte lo que es ver a un hombre llorar -ha dicho.
Pienso que empieza a sonar a serial.
– He pasado toda la noche en vela. Solo me tiene a mí -continúa. Y eso que se conocen desde solo hace dos meses. – He escuchado historias de cuando eran pequeños y le he consolado como he podido. No me  dormí hasta las nueve de la mañana, cuando conseguí que lo hiciera él. Por eso no te he oído cuando me has llamado al móvil, porque  estaba agotada. Entiéndelo, es un amigo muy especial y cuando  los amigos sufren tienes que estar a todas.
La freno. Hago ver que me trago lo del accidente, lo del desconsuelo  y lo de mi hija ejerciendo de Teresa de Calcuta. Le advierto, no obstante, que hasta que nos vayamos de Londres la quiero pegada a nosotras.
– Por supuesto -ha dicho.

La conversación me deja alterada y bajo a la calle a fumarme un Winston. Es noche cerrada y llovizna, en realidad creo que cae aguanieve. Alzo el cuello de mi abrigo hasta un poco por debajo de la boca. Aspiro el humo con fruición, siento que recorre mi tráquea y llega al estómago, luego lanzo una bocanada. Miro las volutas que se  desplazan a través del frío y se mezclan con  el vapor que exhala  mi aliento. Las luces de las farolas inciden sobre las gotas que parecen partículas suspendidas sobre la nada.  Me he resguardado bajo la cornisa de la entrada, un poco hacia la derecha de la puerta, protegida por una columna de las miradas de las personas que entran. Fumar sola en la calle tiene algo de afrenta. Hace que me sienta transgresora. Qué ridícula, pienso.

Descubro a un hombre que se parapeta en el otro lado de la puerta. La brasa de su cigarro titila en la oscuridad. Nos miramos. El se encoge de hombros, me enseña su pitillo y se ríe. Creo que debo  devolverle la sonrisa. Se acerca.  Es un hombre joven.  ¿Atractivo? Sí. Tiene el mentón pronunciado, un pelo negro y abundante peinado hacia atrás y unos ojos muy oscuros que se te clavan cuando habla. Lleva una parca negra, deportiva, que le sienta muy bien. Tiene ese tipo de distinción  que nace de los propios huesos.  Habla un español perfecto con cierta cadencia que no acabo de localizar. Roma, dice. De su puño asoma un  Patek Philipe, que me llama la atención porque creo es un modelo numerado que  años atrás  busqué para regalar a mi ex marido y no conseguí encontrar.
– Precioso -digo.
– Me lo regaló mi padre al graduarme en la universidad -explica.

Bromeamos sobre nuestro hábito de fumar. Dice que es una de las pocas faltas a las que no piensa renunciar. Me cae bien.  Comenta que me había visto en el desayuno y, no sé cómo, nos hemos puesto a hablar como locos ¿De qué? De Londres, del frío. De que mi reloj también es muy bonito, de ¡qué gracia habernos conocido aquí fumando como dos proscritos! No nos preguntamos nuestros nombres, ni por nuestros acompañantes, ni el motivo por el que estamos en Londres. Yo le cuento que me gusta pintar jardines. El me dice que le entusiasma andar y rodar en bicicleta por los parques. ¡Qué casualidad! A mí también me gusta, sonrío. Anuncia que tiene una idea, sí, una gran idea. Se mesa el cabello. Si mañana hace sol podríamos alquilar dos bicis y pasear por Regen. Imaginamos que mañana hará sol y que deambularemos por el parque entre los árboles. Y luego, rodeando el Támesis, llegaremos a Covent garden  y comeremos en un restaurante Indio.  Así, pensando en lo que podríamos hacer y no haremos, quemamos el tiempo y los  cigarrillos.  Sí, todo tiene mucha gracia. El, un chico joven, yo, una mujer madura, hablando de todo y de nada.

De pronto se hace un silencio. Nos miramos un momento. Dudamos. El momento es largo. ¿Qué hago aquí de palique con un chico que casi podría ser mi hijo? Miro mi reloj. Debo irme, explico. Se encoge de hombros,  es una lástima, con lo bien que nos lo estábamos pasando, dice.
– Hasta otra -me tiende la mano.
– Hasta otra -respondo yo.

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Acerca de Aurora Villalba

Nacida en Barcelona en 1961, es licenciada en Psicología Clínica por la Universidad de Barcelona. Se especializa en la aplicación de técnicas cognitivo-conductuales en la Unidad de Terapia de Conducta de la UB. Participa en la elaboración de algunas tesis relacionadas con la aplicación de dichas técnicas a grandes obesos y al miedo de hablar en público. Publica varios artículos sobre trastornos de alimentación en revistas de psicología: Ansiedad y obesidad, Bulimia, una enfermedad de hoy. Durante toda su vida procura dar espacio a sus dos grandes pasiones: baile y literatura. Se forma en las disciplinas de jazz, danza española y ballet clásico en la Escuela de Danza Coco Comin. Aunque su afición por la escritura se remite a la adolescencia, es a partir del 2008 cuando empieza a dedicarse plenamente a ella. Tras estudiar diversos cursos de narrativa, cuento y novela en el Ateneu Barcelonès, escribe su primer relato, "Rodando por los jardines", con el que obtiene el segundo premio de “Relatos de Mujeres 2012”. Con su segundo cuento, "El viaje" (editorial Círculo Rojo, 2014), gana el primer premio “Palabra sobre palabra” y su libro de cuentos "Esa vida que pesa" es galardonado con el primer premio del XXXV certamen literario Carta Puebla 2013. Sus primeras obras son cuentos adscritos al género de narrativa de ficción contemporánea. De un realismo muy intimista, sus historias hablan sobre personajes que luchan por amar, avanzar y sobrellevar sus destinos. Actualmente, está trabajando en su primera novela.
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